El peor viaje del mundo by Apsley Cherry-garrard

El peor viaje del mundo by Apsley Cherry-garrard

Author:Apsley Cherry-garrard
Language: es
Format: mobi
Tags: nonfiction
Published: 2011-08-08T22:00:00+00:00


Hoy hemos andado siete millas y media; todo un progreso, diría yo. En el Terror nos hemos caído varias veces de las crestas. Por la tarde nos hemos encontrado de repente con unas grietas gigantescas en una de ellas. Pero ya estábamos muy arriba en el Terror. Nos hemos salvado gracias a la luna. Podríamos habernos caído con trineo y todo.

Andar siete millas en un día, distancia que antes nos había costado casi una semana recorrer, era muy alentador. La temperatura osciló durante todo el día entre —29 °C y —35 °C, lo que también constituía una buena señal. Al cruzar las ondulaciones que iban desde la ladera hasta las crestas a nuestra derecha, descubrimos que el viento procedente del monte que luego corría por lo alto de la ondulación en ambas direcciones formaba una brisa del noreste por un lado y una brisa del noroeste por otro. Daba la impresión de que se movía viento en las capas altas y de que la ventisca no se había alejado tanto como habríamos deseado.

Si logramos seguir adelante durante aquel período fue porque para cocinar quemamos más queroseno del que nos podíamos permitir. Después de preparar la comida, dejábamos el hornillo encendido durante un rato y calentábamos la tienda. Seguidamente nos desentumecíamos los pies congelados y hacíamos todas las chapuzas necesarias. Lo habitual, sin embargo, era que permaneciéramos sentados y diéramos una cabezada, y si uno se quedaba profundamente dormido, los demás lo despertaban. Pero de aquella manera se nos estaba gastando el queroseno. Habíamos empezado el viaje con seis latas de cuatro litros (las mismas por las que Scott nos había criticado), y ya habíamos consumido cuatro. En un principio habíamos dicho que teníamos que guardar al menos dos para volver, pero ahora había que reducir las previsiones a una lata y dos hornillos llenos. Los sacos de dormir eran algo horrible. Pese al poco tiempo que llevábamos de viaje, entre tirones, golpes y calambres a mí me costaba todas las noches una hora descongelar el mío para poder meterme en él. Pero permanecer acostado en su interior era todavía peor.

Aunque sólo hizo —37 °C, tuvimos «una noche muy mala», según mi diario. Tardamos poco en ponernos en marcha, pero pasamos un día atroz, y yo acabé desquiciado porque no conseguíamos encontrar el estrecho y recto sendero que pasaba por medio de las grietas. Cada dos por tres veíamos que el terreno se hundía bruscamente bajo nuestros pies, lo que nos indicaba que nos habíamos desviado del rumbo. Nos asomábamos, y entonces surgía la pregunta: «¿Estamos demasiado a la derecha?» Nadie sabía qué decir. «Vamos a probar más cerca de la montaña.» Y así una y otra vez.

Esta mañana hemos recorrido dos millas y media a trancas y barrancas. Luego nos hemos adentrado en una gran penumbra, pero de pronto se ha levantado y nos hemos encontrado al pie de una enorme cresta de presión, que estaba negra a causa de la sombra. Hemos seguido adelante, torciendo hacia la izquierda, y entonces Bill se ha caído y se le han metido los brazos en una grieta.



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